La etapa superior de un cohete Falcon 9 atraviesa ahora el espacio a 8700 km/h en trayectoria directa de colisión contra la Luna. Dejará un pequeño cráter y una nube de escombros lunares cerca del cráter Einstein, en el limbo occidental iluminado de la Luna. Se podría pensar que esto no tiene importancia. Pero no es así, la verdad. La Luna no es Manhattan, por supuesto, pero eso no significa que no pase nada.
El problema es que esto seguirá pasando hasta que se vuelva peligroso para los seres humanos. Según el astrofísico Jonathan McDowell, "este impacto no supondrá un problema. Pero en un futuro con bases permanentes en la Luna, impactos similares serían un problema y debemos evitar dejar etapas de cohetes en órbitas caóticas de este tipo". A menos que impidamos a SpaceX, Blue Origin y otras organizaciones espaciales de Estados Unidos y China usar el espacio de forma imprudente, seguiremos escuchando estas historias hasta que ocurra una desgracia. Estas empresas deben diseñar los planes de sus misiones para deshacerse de cualquier residuo de forma segura, ahora y para siempre.
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La certeza del desastre
La nueva carrera hacia la Luna seguirá acelerando a lo largo del siglo XXI. Estados Unidos y China compiten por establecer bases y operaciones mineras en la superficie lunar en los próximos años. Flotas de robots y tripulaciones de astronautas recorrerán la Luna. Se gastarán miles de millones de dólares en el regolito en busca de riquezas. Y primero cientos, y luego miles de vidas, además de toda esa costosa infraestructura, dependerán de un entorno orbital predecible.
La etapa superior de un Falcon 9 —un cilindro de 13,7 metros de altura y 3,7 metros de diámetro— es el ejemplo perfecto de lo que estamos haciendo mal para conseguir ese entorno orbital predecible que necesita nuestro futuro como especie interplanetaria. Con un peso aproximado de 4500 kilos, la etapa despegó el 15 de enero de 2025 desde el Complejo de Lanzamiento 39A del Centro Espacial Kennedy en Florida, transportando dos módulos de aterrizaje lunar de fabricación privada: el Blue Ghost de Firefly Aerospace, que logró el primer alunizaje totalmente exitoso jamás conseguido por una nave privada, y el Resilience de ispace, que fue destruido durante su intento de aterrizaje. Al ser desechable —lo que significa que no estaba diseñado para regresar a la Tierra como el transbordador espacial y conceptos como el Oryx de Aspire Space Technologies—, la etapa nunca regresó a la Tierra después de liberar sus cargas útiles. Permaneció en una órbita muy elíptica que la llevó periódicamente más allá de la distancia de la órbita de la Luna.
La trayectoria hacia una colisión evitable
Aunque chocar contra la Luna nunca formó parte de los planes de SpaceX, fuerzas sutiles, como la presión de la radiación solar, modificaron gradualmente su trayectoria en los meses posteriores a su lanzamiento. Eso la empujó finalmente a su actual trayectoria de colisión. "La órbita de la Luna y la de este objeto, en términos generales, se cruzan", explica el experto en seguimiento espacial Bill Gray, que calculó la predicción del impacto. "Por lo general, uno pasa por el punto de intersección mientras el otro se encuentra en otro lugar. Pero el 5 de agosto, llegarán a ese punto al mismo tiempo".
Lanzamiento de un Falcon 9. (EFE EPA CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH)
Ese momento llega el miércoles 5 de agosto de 2026, de madrugada, a pocos minutos de las 02:35 (hora de verano del este de Estados Unidos). Como la Luna no tiene atmósfera, se espera que la etapa llegue intacta a la superficie lunar en lugar de desintegrarse. Chocará a una velocidad estimada de 8700 km/h, equivalente a siete veces la velocidad del sonido con un ángulo de 34 grados respecto a la vertical, igualando la fuerza de la detonación de tres toneladas de TNT y creando un cráter de unos 27,4 metros de diámetro y 4,8 metros de profundidad. El cráter será demasiado pequeño para ser distinguido por los telescopios de la Tierra, aunque las naves espaciales que orbitan la Luna —como la Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA y el orbitador lunar surcoreano Danuri— podrán fotografiarlo.
Aunque se espera que el destello producido por la colisión dure menos de un segundo y muy probablemente sea demasiado débil para detectarlo a simple vista, el penacho de eyección persistirá. Este material lunar —arrojado hacia arriba por la fuerza del impacto— podría viajar varios kilómetros por el espacio y seguir siendo visible mediante telescopios durante decenas de minutos. "La gravedad en la Luna es baja y no hay viento que se lleve el polvo", dice Benjamin Fernando del Laboratorio Nacional de Los Álamos.
Todo esto se podría haber evitado si la etapa se hubiera diseñado con suficiente combustible para redirigirse a una órbita alrededor del Sol en lugar de abandonarla en una órbita caótica alrededor de la Tierra. Reservar ese combustible habría hecho que la misión fuera más pesada y cara, el mismo dilema que lleva a los operadores a abandonar la mayoría de las etapas superiores en órbita, según los expertos en basura espacial.
Eso tiene que acabar.
Houston, vamos a tener un problema
La NASA ya ha estrellado equipos contra la Luna deliberadamente en el pasado. Se enviaron secciones de cohetes y módulos lunares durante la era Apolo para generar mediciones sísmicas. En 2009, la nave espacial LCROSS de la NASA y su etapa superior fueron dirigidas de forma intencionada contra la superficie para buscar hielo cerca del polo sur lunar.
La etapa superior de un Falcon 9 como la que se va a estrellar en la Luna.
Pero este impacto no está planeado. Será el segundo caso documentado de una etapa de cohete en desuso que choca contra la Luna por accidente. El primero ocurrió en 2022, cuando un fragmento de cohete chino excavó un par de cráteres en la cara oculta de la Luna.
La indiferencia ante las consecuencias de sus acciones por parte de algunas empresas y estados resulta chocante, sobre todo si se tiene en cuenta que el espacio es público. Nos pertenece a todos, pero organizaciones como SpaceX siguen tratándolo como si fuera una propiedad privada en nombre del beneficio económico. La empresa de Elon Musk ya ha llenado la órbita terrestre baja con miles de satélites Starlink que están cayendo a un ritmo cada vez más alarmante, vaporizándose en polvo metálico en la atmósfera que todos respiramos. Y sabemos que Musk basó la demencial salida a bolsa de SpaceX en su constelación de miles de centros de datos de inteligencia artificial en órbita que contribuirán aún más a la contaminación atmosférica y, según McDowell, aumentarán de forma drástica la posibilidad de un síndrome de Kessler, el escenario teórico popularizado por la película Gravity en el que una cascada de colisiones accidentales puede inutilizar órbitas enteras.
Se puede argumentar que el riesgo de superpoblar las órbitas y aumentar los lanzamientos merece la pena en aras del progreso, desde luego. Incluso que es necesario para nuestro futuro como civilización espacial. Pero ninguna de estas organizaciones puede justificar abandonar su basura solo porque resulta más caro no hacerlo. Por eso se deben reforzar el control del tráfico y las medidas de desorbitación controlada antes de que las flotas y las tripulaciones empiecen a llegar a la Luna. La Luna, al igual que la órbita terrestre, su atmósfera o el propio espacio, no pertenece a SpaceX ni a ninguna bandera. Nos pertenece a todos. Lo mínimo que podemos exigir es que quienes se lucran con ello dejen de abandonar balas en nuestro cielo.