Una corriente de color rojo intenso brota del glaciar Taylor, en la Antártida, y desemboca en el lago Bonney como si el hielo estuviera sangrando. Este insólito enclave, conocido como Cataratas de Sangre, ha vuelto a sorprender a los científicos tras una investigación publicada en Nature Geoscience que rastrea el origen de la vida microscópica oculta bajo el glaciar.
El tono carmesí no procede de algas ni de ningún organismo visible, como se creyó inicialmente. Su origen se debe a una salmuera rica en hierro que permanece líquida bajo la masa helada porque la elevada concentración de sal reduce su punto de congelación. Cuando el fluido alcanza la superficie y entra en contacto con el oxígeno, el hierro se oxida rápidamente y adquiere su característico color rojizo.
Las Cataratas de Sangre fascinan a los investigadores desde que el geólogo Thomas Griffith Taylor las encontró durante una expedición realizada en 1911. Sin embargo, la procedencia exacta del agua y de los microorganismos que transporta seguía planteando interrogantes. Ahora, el equipo dirigido por la microbióloga Angela Zoumplis, de la Universidad de California en San Diego, ha buscado respuestas mediante un amplio análisis genético.
Una comunidad de origen marino
Los especialistas recogieron 167 muestras de agua, hielo, barro, sedimentos y aire en las Cataratas de Sangre, los Valles Secos de McMurdo y varios ambientes marinos cercanos. A través del estudio del ARN ambiental pudieron diferenciar los organismos activos de los simples restos genéticos conservados en el entorno, una distinción decisiva para comprobar si realmente existe vida funcionando dentro del sistema subglacial.
Las cataratas de sangre (Mike Martoccia / Flickr)
Los resultados revelaron una comunidad particular de microorganismos eucariotas y procariotas concentrada alrededor de la salida de la salmuera. Entre ellos aparecieron diatomeas, dinoflagelados, haptofitas y ciliados, grupos asociados habitualmente al océano y difíciles de explicar en un valle interior cubierto por hielo. Además, su ARN demostró que algunos mantenían actividad biológica y no eran únicamente vestigios arrastrados hasta allí.
La huella marina resultó especialmente clara en el extremo del glaciar Taylor. El 9,34% de los eucariotas detectados en esta zona coincidía con organismos presentes en las muestras oceánicas cercanas, frente al 1,15% registrado en otros puntos de los Valles Secos. Su distribución tampoco encajaba con una llegada reciente por el viento, pues estaban agrupados alrededor de las Cataratas de Sangre y mostraban diferencias genéticas respecto a sus parientes actuales.
El refugio de un antiguo mar
Estas evidencias respaldan la posibilidad de que la salmuera proceda de agua marina atrapada bajo el glaciar durante un periodo cálido, cuando el mar inundó el valle Taylor. La posterior caída del nivel oceánico y el avance del hielo habrían aislado aquel depósito durante al menos 1,5 millones de años, dejando encerrada una comunidad cuyos descendientes sobrevivieron mientras la Antártida se volvía más fría, seca y hostil.
Perforan el hielo de la Antártida y encuentran una estructura con forma de abanico a 3.000 metros de profundidadR. BadilloLa estructura ha sido bautizada como 'Provincia de Cuencias en Abanico de la Antártida Oriental' e incluye las cuencas de Wilkes y Aurora, así como el famoso lago Vostok
La elevada salinidad habría mantenido pequeñas bolsas de agua líquida y ofrecido un refugio frente a la congelación completa. Algunos microorganismos presentan adaptaciones a esas condiciones extremas, mientras que otros quizás resistieron largos periodos de inactividad antes de reanudar sus funciones. Las Cataratas de Sangre podrían conservar así linajes vinculados a un ecosistema marino desaparecido, capaces de ayudar a reconstruir la transformación del paisaje polar y su vulnerabilidad ante futuros cambios ambientales.