Svend Brinkmann, filósofo y psicólogo danés, propone una forma diferente de entender la felicidad. Su reflexión cuestiona la necesidad de buscar continuamente el bienestar: “El secreto de la felicidad es no perseguirla. Buscarla hace, paradójicamente, que sea más difícil alcanzarla”.
La frase señala una contradicción muy frecuente. Cuanto más nos esforzamos por ser felices, mayor puede ser la frustración cuando nuestra vida no responde a las expectativas que habíamos creado. La felicidad deja entonces de ser una emoción espontánea para convertirse en una meta que parece alejarse constantemente.
Perseguirla también puede llevarnos a examinar cada momento y preguntarnos si estamos disfrutando lo suficiente. Esa vigilancia permanente impide, en muchas ocasiones, vivir con naturalidad. Cuando sentirse bien se transforma en una obligación, cualquier tristeza o contratiempo puede interpretarse como un fracaso personal.
La reflexión de Brinkmann no significa que debamos renunciar al bienestar, sino que conviene dejar espacio a todas las emociones. La tristeza, la preocupación o el desencanto también forman parte de la vida y no tienen por qué esconderse ni solucionarse de inmediato para cumplir con una imagen de felicidad perfecta.
Desde esta perspectiva, sentirse feliz puede ser una consecuencia de aquello que hacemos y compartimos, no un objetivo que deba alcanzarse a toda costa. Cuidar los vínculos, encontrar sentido en las tareas cotidianas y aceptar que no todos los días serán buenos puede ayudarnos a vivir de una manera más serena.
Las palabras del filósofo danés invitan, por tanto, a rebajar la presión y a mirar con más atención lo que ya tenemos. La felicidad suele aparecer en momentos sencillos y sin avisar, precisamente cuando dejamos de perseguirla y nos permitimos vivir el presente sin exigirle que sea extraordinario.