Construir una civilización humana en Marte será infinitamente más difícil de lo que jamás fue cualquiera de las migraciones humanas en la Tierra. Aquí se puede levantar un refugio en cualquier rincón. Por eso nuestra especie se extiende de polo a polo. Si aspiramos a vivir algún día en el Planeta Rojo, deberemos resolver un desafío colosal que hasta ahora exigía una costosa y gigantesca maquinaria industrial, además de una generación energética propia de una central nuclear. Un equipo de investigadores ha presentado una alternativa radical y de bajo consumo: una tripulación podría transportar desde la Tierra un diminuto tubo de levadura en estado latente, cultivar billones de células auxiliares en un biorreactor utilizando dióxido de carbono marciano y hielo subterráneo fundido, y levantar puestos avanzados enteros mediante impresión tridimensional con un modesto aporte de energía solar.

Esta solución no carece de obstáculos, pero supera con creces a todas las opciones planteadas hasta la fecha. Los principales proyectos de edificación marciana se han basado en la fuerza bruta. Casi todas las propuestas recurren a la sinterización, una técnica que bombardea el regolito suelto con láseres, microondas o gigantescos hornos solares para fundirlo en bloques cerámicos. El inconveniente es mayúsculo: fundir roca exige temperaturas superiores a los 982 °C. Semejante demanda térmica obliga a emplear reactores nucleares o inmensos campos de paneles solares funcionando durante semanas enteras solo para obtener el material de un puesto básico. La cerámica resultante es quebradiza, se quiebra fácilmente ante esfuerzos de flexión y no admite reciclaje una vez dañada. Es algo extremadamente difícil de lograr.

El Sol pudo haber tragado una supertierra hace millones de añosScott JohnstonEl estudio modela diversos escenarios y concluye que un planeta rocoso pobre en litio, con un tamaño aproximado de 5,6 veces el de la Tierra, podría explicar las extrañas características de nuestra estrella

Una alternativa barata y factible

Otras alternativas contemplan excavar bajo tierra o refugiarse en las montañas como los enanos de Tolkien. Estas vías resultan igualmente prohibitivas, pues acarrean un despliegue descomunal de maquinaria y facturas energéticas astronómicas. Podría ser el camino en un porvenir remoto, pero, al menos para las primeras oleadas de colonos, necesitamos una solución más asequible y ligera.

El nuevo planteamiento, liderado por el doctor Jishen Qiu y detallado en un estudio publicado en Chem Circularity, deja a un lado la fundición de rocas a temperaturas extremas y aprovecha el gélido clima marciano a su favor. En vez de derretir piedra, el equipo desarrolló un material de construcción vivo marciano (MLBM, por sus siglas en inglés) combinando arena con un aglutinante acuoso a base de gelatina porcina y levadura modificada genéticamente. Al extruirse y someterse a las condiciones simuladas de la superficie de Marte —con temperaturas que bajan hasta los -55 °C y una atmósfera unas cien veces más tenue que la terrestre—, el compuesto se congela y se deshidrata de forma espontánea.

Los resultados mecánicos rivalizan directamente con los de los materiales tradicionales. El biocompuesto alcanza una resistencia media a la compresión de unos 12 megapascales, equiparable a la del hormigón ligero ordinario, mientras que su resistencia a la flexión se sitúa en los 6 megapascales. Este alto desempeño flexural supone tolerar el doble de tensión y flexión que el hormigón ligero convencional, una propiedad indispensable para resistir el azote de fragmentos proyectados a gran velocidad por las tormentas de polvo marcianas. Al mismo tiempo, elaborar un metro cúbico de este material consume una fracción mínima de la energía de procesado requerida por la sinterización: basta menos de una hora de captación solar ordinaria frente a jornadas enteras de calor continuo.

Imagen el método de construcción. (Cell)

La ingeniería genética es la clave

El secreto de la resistencia del material reside en la modificación genética: transformar la levadura común de panadería en obreros vivos a escala microscópica. Las células naturales son esferas simples y lisas, pero el equipo de Qiu alteró su genoma para dotar a su cubierta externa de tres herramientas biológicas. En primer lugar, añadieron Aga2, una proteína superficial que actúa de ancla para fijar las células directamente a los granos de arena. En segundo término, programaron las células para segregar proteínas del pie de mejillón, réplicas sintéticas del potente adhesivo con el que estos moluscos se adhieren a las rocas batidas por las olas. Por último, incorporaron un sistema de proteínas complementarias denominado «SpyTag» y «SpyCatcher»; como si fuera velcro microscópico, ambas partes se acoplan en cuanto entran en contacto, sellando enlaces químicos permanentes que traban las células vecinas en una red continua.

Cuando la pasta sale por la boquilla de una impresora 3D templada a 37 °C —la temperatura corporal humana—, topa de inmediato con el frío atroz de Marte. En condiciones normales, el agua al congelarse formaría cristales puntiagudos de gran tamaño que desgarrarían la mezcla. En este caso, la envoltura proteica de las levaduras actúa como guardias de tráfico microscópicos, forzando al agua a cristalizar en una celosía ordenada de cavidades de apenas cinco micrómetros. Dada la tenue atmósfera marciana, ese hielo jamás llega a licuarse: se sublima, transformándose de forma directa en gas. Una vez disipada la humedad, queda un armazón liviano y poroso de gelatina animal, en el que las levaduras incrustadas funcionan como varillas de acero dentro de losas de hormigón para evitar el colapso estructural.

Como ventaja adicional, el compuesto es totalmente reciclable. Los investigadores llevaron las piezas curadas hasta el punto de rotura machacándolas en prensas hidráulicas de alto tonelaje. Lejos de desechar los escombros, templaron los fragmentos hasta devolverles la textura de pasta moldeable y volvieron a imprimir en 3D nuevos bloques estructurales a lo largo de cuatro generaciones sucesivas. El material reciclado no experimentó menoscabo alguno en rigidez ni en resistencia a la compresión, y las levaduras internas salieron vivas y coleando en cada una de las pruebas.

Los obstáculos

Pese al éxito en el laboratorio, trasladar esta tecnología de la cámara de simulación al suelo de Marte plantea desafíos que el propio Qiu admite cuando le pregunté en una entrevista. El escollo técnico más grande es que la formulación más eficiente continúa dependiendo de gelatina porcina suministrada desde la Tierra. Para alcanzar una autonomía real, la levadura deberá sintetizar por sí misma la totalidad de la matriz estructural, suprimiendo cualquier insumo de origen animal. La gestión del agua introduce otra encrucijada técnica, aunque se puede obtener del hielo marciano.

El último escollo para levantar hábitats a partir de sustratos orgánicos reside en el implacable baño de radiación cósmica sin apantallar que barre la superficie marciana. La radiación prolongada podría inducir mutaciones o aniquilar a los seres vivos, y Qiu reconoce que todavía no han verificado la tolerancia de la cepa. Pese a ello, confía en que la biotecnología encontrará soluciones ya presentes en la propia naturaleza: "Estamos convencidos de que existen microbios capaces de tolerarla y que pueden reprogramarse mediante ingeniería genética con idéntico propósito, como la síntesis de proteínas estructurales".

Ninguna de estas barreras es insalvable, lo que convierte a este método en una vía prometedora para acometer los primeros asentamientos en Marte. Media todavía una distancia abismal entre estos ensayos de laboratorio y una colonización real —todavía no tenemos ni naves espaciales para ir—, pero el estudio constata en última instancia que la edificación fuera de la Tierra no tiene por qué depender de pesados hornos industriales. Al reemplazar un consumo térmico colosal por biología celular programable, los futuros pioneros espaciales podrán erigir refugios permanentes empleando apenas arena, hielo y un tubo de organismos vivos.