Foto: EC

Aceptar una tarea que no nos corresponde, cambiar los planes para no disgustar a alguien o callar una molestia son situaciones que pueden repetirse en el trabajo y en las relaciones personales. La dificultad para poner límites aparece cuando atender a los demás deja cada vez menos espacio para las propias necesidades. El psicólogo Xavier Guix aborda esta conducta en Aprendemos Juntos, donde explica qué observó en consulta al escuchar a personas que atribuían sus problemas a ser demasiado buenas.

La misma expresión aparecía en pacientes distintos y en circunstancias diferentes. "¿Qué significa ser demasiado bueno?", se preguntó. A partir de esas conversaciones, identificó cuatro patrones: la obediencia excesiva, la complacencia, la imposibilidad de abandonar ese papel y la ira reprimida. Guix utiliza el concepto de "mala bondad" para hablar de una forma de comportarse en la que el esfuerzo por responder a las expectativas ajenas termina desplazando los deseos propios. Su explicación se refiere a esas dinámicas, sin convertir la generosidad en un problema por sí misma.

Daniel Amen, psiquiatra con 35 años de estudio del cerebro: "Las personas con un tipo de cerebro 'espontáneo' pueden tener tendencia a crear drama en las relaciones"

El Confidencial

El primer patrón está relacionado con una educación centrada en cumplir obligaciones: "El primer mandato, de eso que llamaríamos ser demasiado bueno, es ser demasiado obediente". El psicólogo cuenta el caso de una joven que le aseguró que solo actuaba por obligación. También contempla una experiencia familiar diferente: algunos niños que crecen en hogares desorganizados intentan protegerse del caos mediante un comportamiento extremadamente ordenado. En ambos ejemplos, describe cómo esa exigencia puede prolongarse hasta la vida adulta y dificultar la capacidad de elegir.

El segundo patrón nace del mandato de portarse bien y de las instrucciones que pueden acompañarlo: hacerlo todo correctamente, evitar errores y procurar que los demás estén satisfechos. "Pero fíjense que una persona que se pasa la vida complaciendo al otro, llega un momento que se descuida de sus propios deseos", explica. Esa atención constante puede extenderse a anticipar cualquier necesidad de la pareja o de los hijos, hasta intervenir en decisiones que les corresponden a ellos. Quien intenta ayudar acaba pendiente de todo, mientras sus preferencias quedan relegadas.

Alberto Soler, psicólogo: "Hay personas que han nacido con la capacidad para que las cosas nos les afecten, son felices y no se angustian innecesariamente"

El Confidencial

El tercer punto aparece al intentar cambiar esa conducta. Guix describe a personas a las que rechazar una petición laboral les provoca angustia incluso antes de hablar con su jefe. Para ellas, decepcionar a alguien puede resultar más difícil que asumir otra carga. Por eso propone empezar por reconocer la propia posición: "Poner límites para mí significa que te definas claramente en lo que tú quieres". Expresar una necesidad permite que los demás la conozcan, aunque no coincida con lo que esperaban.

La cuarta pauta es la acumulación del enfado que no se expresa. Según Guix, soportar situaciones incómodas y callarlas repetidamente puede desembocar en una reacción que el entorno no comprende porque desconoce todo lo anterior. Después aparece la culpa y la persona vuelve a contenerse para recuperar la aprobación. El psicólogo ilustra ese círculo con las palabras de otra paciente: "Yo, cuando soy yo, no gusto. En cambio, cuando soy lo que esperan, entonces gusto". Su propuesta invita a revisar cuánto de lo que hacemos responde a una elección y cuánto al temor de dejar de agradar.