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Silbar parece un gesto sencillo hasta que alguien intenta hacerlo y descubre que, por mucho que sople, no consigue producir una sola nota. Lejos de ser necesariamente una cuestión de torpeza, las investigaciones sobre la acústica del silbido apuntan hacia un factor mucho más preciso: la geometría de la boca, los labios y la lengua. Francisco Ruiz, profesor de ingeniería mecánica del Illinois Institute of Technology, sostiene que la imposibilidad anatómica real es poco frecuente y que, para la mayoría de las personas, aprender a silbar depende fundamentalmente de encontrar la configuración adecuada y practicar.

El detalle que suele pasar desapercibido es que la boca debe adoptar una forma muy concreta. Los labios no necesitan formar una gran O, sino dejar una abertura pequeña y aproximadamente circular mientras las comisuras se retraen ligeramente. Al mismo tiempo, la parte posterior de la lengua debe elevarse hacia el paladar hasta generar otro estrechamiento. Ruiz explica que es necesario conseguir tanto "la geometría de los labios" como la posición correcta de "la lengua contra el paladar". Alteraciones físicas que impidan formar esas constricciones, como determinados casos de paladar hendido, sí pueden hacer imposible el silbido.

Para quienes no presentan esas condiciones, el problema suele encontrarse en el control muscular necesario para coordinar labios y lengua. Maureen Stone, científica especializada en habla y profesora emérita de la University of Maryland School of Dentistry, compara el proceso de aprender a silbar durante la edad adulta con adquirir un nuevo idioma. Según explica, la pubertad constituye un punto relevante porque después de esa etapa los músculos implicados pierden parte de su capacidad de adaptación. "Es más difícil, en efecto, enseñar nuevos trucos a un perro viejo", señala Stone.

La física que convierte la boca en un silbato

El sonido del silbido tampoco funciona como la voz. Las cuerdas vocales permanecen abiertas y no vibran, por lo que la nota procede del propio tracto vocal. El aire atraviesa las dos pequeñas constricciones creadas por la lengua y los labios y genera una perturbación que se desplaza hacia delante. Esa variación de presión regresa hacia el interior de la boca, vuelve a interactuar con la lengua y repite el proceso cientos de veces por segundo hasta producir un tono estable. La cavidad bucal actúa así de una forma comparable a un resonador de Helmholtz.

La posición correcta tampoco garantiza automáticamente el resultado. Prashanth Tamilselvam, investigador que trabaja junto a Ruiz en el Illinois Institute of Technology, señala que también existe una intensidad adecuada para expulsar el aire. Soplar demasiado poco puede impedir que aparezca el sonido, pero hacerlo con demasiada fuerza provoca el mismo resultado. "Hay un punto óptimo en el que se produce el silbido", explica. Por eso, una persona puede colocar aparentemente bien los labios y seguir sin conseguir la nota hasta ajustar simultáneamente presión, lengua y abertura de la boca.

Ruiz incluso ha desarrollado un pequeño dispositivo impreso en 3D denominado Flutino, diseñado para reproducir automáticamente la geometría que deberían adoptar los labios. "Esto sustituye a tus labios", afirma el investigador. El aparato puede funcionar tanto al soplar como al aspirar y, durante las pruebas, ha llegado a generar silbidos de hasta 100 decibelios. Aunque todavía está pendiente de patente y no se comercializa, un grupo de estudiantes de la UCLA está explorando su utilidad como herramienta de aprendizaje. La experiencia de Tamilselvam también apunta en esa dirección: después de trabajar en el proyecto, asegura haber mejorado entre un 50% y un 60%, reforzando la idea de que no saber silbar suele ser más una cuestión de geometría, coordinación y entrenamiento que de incapacidad.